El hormigón de la antigua Roma, utilizado para construir acueductos, puentes y edificios por todo el imperio, tiene más de dos mil años de historia. En un estudio publicado en iScience, los investigadores exploran si la recuperación del uso del hormigón romano podría mejorar la sostenibilidad de la producción moderna de hormigón.

La carrera por la descarbonización de la industria de la construcción es intensa, y producir un hormigón más sostenible sigue siendo un desafío importante. La producción de hormigón moderno contribuye a la contaminación del aire, representando aproximadamente el 8% de las emisiones globales de CO₂ antropogénicas y el 3% de la demanda total de energía mundial. Investigaciones anteriores sugirieron que el hormigón romano podría ser más sostenible, lo que llevó a los investigadores a decidir probar esta hipótesis.
Tanto el hormigón antiguo romano como el moderno tienen como ingrediente clave la piedra caliza, que al calentarse se descompone produciendo dióxido de carbono y óxido de calcio, que puede combinarse con otras sustancias para formar una pasta que une el hormigón. Los romanos agregaban rocas locales, piroclastos volcánicos y escombros reciclados a su hormigón, mientras que el hormigón moderno se fabrica mezclando cemento con arena y grava.
Para comparar la sostenibilidad de ambos, los investigadores utilizaron modelos para estimar el uso de materias primas y la generación de CO₂ y contaminantes del aire. Dado que los métodos de fabricación del hormigón romano no eran uniformes, compararon varias recetas antiguas, además de contrastar la sostenibilidad de las técnicas de producción antiguas y modernas, y el uso de diferentes fuentes de energía.
Los resultados fueron sorprendentes: la producción de cada unidad de volumen de hormigón romano generaba emisiones de CO₂ similares a las de las recetas modernas de hormigón, e incluso mayores en algunos casos. Daniela Martínez, autora e ingeniera de la Universidad del Norte en Colombia, señaló que adoptar recetas romanas con tecnología existente probablemente no reduzca significativamente las emisiones o la demanda de energía; el uso de combustibles alternativos como la biomasa en los hornos podría ser más efectivo para descarbonizar la producción de cemento moderno.
Sin embargo, los investigadores estiman que, independientemente del combustible utilizado, la producción de hormigón romano podría reducir las emisiones de contaminantes atmosféricos nocivos para la salud humana, como los óxidos de nitrógeno y azufre, en un rango del 11% al 98%, siendo la reducción más significativa con energías renovables.
Además de ser menos dañino para la salud humana, se cree que el hormigón romano es más duradero, lo que podría convertirlo en una opción más sostenible para aplicaciones de alto uso como carreteras. Sabi Miller, autora e ingeniera de la Universidad de California, Davis, afirmó que un hormigón más duradero, al prolongar su vida útil y reducir la necesidad de fabricar nuevos materiales, tiene el potencial de disminuir el impacto ambiental.
Pero esta comparación presenta dificultades: el hormigón moderno solo se produce desde hace 200 años, y las estructuras romanas antiguas no utilizaban acero de refuerzo para aumentar su resistencia. Paul Monteiro, autor e ingeniero de la Universidad de California, Berkeley, señaló que la corrosión del acero de refuerzo es la principal causa de daño en el hormigón, por lo que las comparaciones deben hacerse con extrema precaución.
En el futuro, los investigadores planean realizar análisis más profundos para comparar el rendimiento y la vida útil del hormigón romano y moderno en diferentes escenarios. Martínez expresó que se podrían combinar las estrategias de los romanos con conceptos innovadores modernos para crear un entorno construido más sostenible.












